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Los
bebés vienen a este mundo equipados con un paquete de sentimientos
básicos: los sabores y los olores dulces les gustan, así
como las caricias y el acto de comer; en cambio, hay cosas
que no les gustan, como el calor o el frío, los sabores
amargos, los olores ácidos… ellos responden a estos estímulos
con llanto o con calma, pero estas reacciones difícilmente
pueden calificarse como emocionales.
Un poco más adelante, lloran cuando se sienten solos, lo
cual ya indica un cierto despertar emocional. Sin embargo,
las verdaderas emociones, o sentimientos emotivos, que involucran
una interacción de las sensaciones corporales y la experiencia
(es decir, la memoria que los vincula), suelen aparecer
después del octavo mes de vida, cuando el bebé tiene una
dinámica más activa con el mundo y las personas que lo rodean.
En ese momento, tu bebé puede comenzar a relacionar las
causas con los efectos, como sentirse frustrado cuando no
le das algo que quiere, o alegre y seguro cuando lo estrechas
en tus brazos.
Aproximadamente al año y medio de edad, el cerebro y el
sistema nervioso de tu hijo o hija ya están lo bastante
desarrollados como para que empiece a manifestar las emociones
complejas que son típicas de los adultos. Siente orgullo,
vergüenza, amor, culpabilidad, incluso envidia y celos;
todas estas emociones deberían conducirle hacia la autodisciplina,
el control de sus propias emociones, y a tomar, en una palabra,
las riendas de su vida.
Deberían. Pero muchas veces, no enseñamos a los niños a
controlar sus emociones, y éstas llegan a dominarlos, haciéndolos
infelices durante toda su vida adulta. Factores como la
sobreprotección o la indiferencia, el exigirles más de lo
que pueden dar, el no demostrarles cariño y confianza, y
el no disciplinarlos a tiempo, pueden hacer estragos irreversibles
en las delicadas fibras emocionales de los niños, especialmente
entre los dos y los siete años de edad, que es cuando se
sientan las bases de toda su vida emocional futura.
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